
Tras haber seleccionado dos vinos con un significado emotivo personal en mis dos primeras catas divagantes, me encontraba en un aprieto para elegir el tercero. La elección partió de la fascinación que tengo por la inmensa variedad que representa el mundo del vino, constituyéndose en un humilde homenaje a la pluralidad vinícola: empecé con un tinto, proseguí con un blanco, y el día de hoy continuaré con un rosado.
Definida esta primera vertiente en mi elección, debía enfrentarme al mostrario de vinos de un almacén para intentar descubrir un rosado, que sin ningún tipo de conocimiento previo, llamara mi atención. Para empezar, debo afirmar que es una de las tipologías de vino más escasas en mi país. Cuando las ofertas en tintos y blancos son abundantes, los rosados brillan por su ausencia. Después de ubicar unos escasos ejemplares en la góndola, empecé a tratar de establecer otras pautas para mi elección. La primera de ella, buscar un vino no genérico, es decir, del cual pudiera conocer su varietal o varietales (un simple capricho personal, que no tiene nada que ver con establecer un proceso de selección ideal). Posteriormente busqué, que la cepas (o las cepas) incluida(s) en el vino tuvieran un contraste, teóricamente hablando, con mi concepto del rosado. Por este motivo (anotando que mi acepción conceptual, errónea o no, para los rosados viene dada por la ligereza y la frescura de los mismos, que comúnmente también se asocia a frutos rojos maduros) seleccioné un vino de corte rosado compuesto por dos robustas cepas: “Cabernet Sauvignon y Malbec”, que me cautivó precisamente por la dicotomía que representan para mi nobel concepto de los rosados.
Esta experiencia reviste un matiz diferente a las dos anteriores (cata de tintos y blancos), ya que soy bastante lego en cuanto a rosados se refiere. No tengo ningún tipo de recuerdo especial con respecto a un exponente de esta categoría, y por esta razón el experimento de esta noche será nuevo y emocionante.
Trapiche Rosé, Malbec – Cabernet Sauvignon 2006, Mendoza, Argentina.
Origen: Mendoza, Argentina
Graduación alcohólica: 13
Temperatura ideal de servicio: 10 a 12 grados centígrados.
Tipo de corcho: sintético.
Fase visual: rosado (rojo transparente o translúcido), con lágrimas muy fluidas.
Fase olfativa: frutos rojos, muy frescos y ligeros, sutiles notas a fresa y levadura con un fondo floral casi imperceptible.
Boca: Se siente la fuerte presencia de la fruta madura, enmarcada en una elegante ligereza. Muy sutilmente se sienten notas a uvas pasas. Es un vino delicado, de acidez media que lo hace muy fresco. Es sorprendente como la potencia de las dos cepas que lo conforman es apaciguada por velo rosé.
Definitivamente un vino para tomar en la playa, o degustando un postre ligero acompañado de mermelada de fresa. Muy reconfortante en días calurosos, y debe funcionar también muy bien como aperitivo.